Pastelería típica Argentina

Facturas argentinas

Su historia dice que llegaron desde Austria y que su formato tiene relación con una batalla que sirvió para ponerle punto final a un bloqueo militar que afectaba a la ciudad de Viena. La leyenda habla de la batalla de Kahlenberg (ocurrió en septiembre de 1683, por lo que acaban de cumplirse 330 años) y marcó la derrota de las tropas del gran visir Merzifonlu “Kará” Mustafá, uno de los líderes del entonces Imperio Otomano, que aspiraba conquistar el centro de Europa.

Era la segunda vez que los turcos sitiaban Viena. Y dicen que en esa ocasión, para sobrepasar las defensas de un ejército integrado por austríacos y polacos, una madrugada empezaron a cavar un túnel para así sorprender a la gente que lideraban el emperador Leopoldo I (archiduque de Viena) y Juan III Sobieski, entonces rey de la Mancomunidad Polaca-Lituana. Pero olvidaron que los panaderos trabajaban en ese horario. Y ellos fueron quienes dieron el alerta que llevó a la derrota de los turcos.

En reconocimiento a lo hecho por los panaderos, el emperador les permitió que, entre otros honores, pudieran llevar espadas en el cinto, algo que estaba reservado sólo para militares y autoridades. Entonces, los panaderos decidieron crear dos panes: uno que se identificó como “Leopoldo”; el otro, bajo la denominación de “Halbmond”, que en alemán significa “media luna”. Era una forma de burlarse del emblema que los otomanos llevaban en sus estandartes. En una interpretación bien “del rioba”, se podría considerar que aquellos habían sido “pan comido”.

La otra cara de la alegría de los vieneses fue el final que le esperaba a “Kará” Mustafá. No sólo perdió el mando de aquel ejército sino también su vida. En diciembre de 1683 y en Belgrado (el lugar al que se había retirado con sus tropas) fue ejecutado. Lo ahorcaron con una cuerda de seda, como correspondía a su rango de gran visir. Su cabeza, llevada en una bolsa de terciopelo, le fue entregada al sultán Mehmed IV. Cuentan que antes de ser ahorcado, Mustafá le dijo a sus verdugos: “Asegúrense que el nudo esté bien atado”.

Claro que en las facturas que acompañan nuestros desayunos o los mates de la tardecita no todo es medialunas. También existen los vigilantes, los sacramentos, los cañoncitos y hasta las bolas de fraile, esas que delicadamente suelen definirse como berlinesas. Esos nombres también llevan un toque sarcástico: se afirma que fueron bautizadas así por panaderos anarquistas que andaban por Buenos Aires a finales del siglo XIX. Y que, de esa forma, se burlaban de la Policía, el Ejército y la Iglesia.

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